A Estanislao le gustaba la palabra desmesura. Le atraían las
acciones que se llevaban adelante sin medida, fuera de toda
escala razonable, desproporcionadas, excesivas. Quizás por
eso, se dedicó a la Pedagogía. Después de todo, la educación
era para él la más desmesurada de las acciones humanas,
solo equiparable, solía decir, al amor.
Lo decía así: “Una característica singular de la interven-
ción educativa es su inadecuación o, quizá sea más exacto
decir, su carácter desmedido, desmesurado, inapropiado,
no correspondido”. A esa intervención “siempre en falta
con el resultado” la calicó, retomando un concepto al que
aluden Derrida y Roudinesco en aquel memorable diálogo
publicado bajo el título “Y mañana… qué”, como in-calcu-
lable. El resultado de la acción educativa, sostenía, escapa a
todo cálculo, “llega de golpe o muy lentamente, llega en el
momento indicado o cuando no tiene valor, es decir que se
trata de una operación que precisa admitir en algún punto
de su recorrido la indeterminación plena del resultado”.
Lejos de ver allí un problema, encontraba en esa inde-
terminación la realización plena del acto educativo. Lo de-
cía más o menos así: la educación es una acción que unos
seres ejercen sobre otros con un propósito desmesurado
que, por suerte, fracasa. ¿Por qué por suerte? Porque jus-
tamente allí, donde nuestra intención fracasa se forma un
sujeto libre y se abre la posibilidad de variación indenida
de la herencia. Educar es sostener una oferta sin demanda,
desproporcionada, excesiva, por denición fallida, a la que
no obstante no podemos renunciar. El reparto de los signos
In Praise of Excess
Elogio de la desmesura
Gabriela Diker
gabrieladiker@gmail.com
https://orcid.org/0009-0009-1802-3124
Universidad Nacional de General Sarmiento, Argentina
a la cría humana que llega al mundo sin ellos, es obligato-
rio, el aprendizaje es optativo, le gustaba decir parafrasean-
do a Meirieu.
Me atrevería a armar que en torno de esa idea se ar-
ticula toda la obra de Estanislao Antelo, y también, sus
mayores batallas. Combatía a los “formadores de concien-
cia”, a los “motivadores e impresionadores profesionales”,
a los “pedagogos engañadores y charlatanes”, a “los que
no soportan el derecho a la indiferencia”, a los moraliza-
dores de todo tipo y calaña, y a todos los que andaban por
ahí prometiendo adecuar mejor la oferta a la demanda,
la enseñanza al contexto, los contenidos escolares a los
supuestos intereses de los alumnos. Era un contendiente
descortés, atrevido, insolente, para tomar otra acepción
que el diccionario da a la palabra “desmesurado”. Discu-
tía sin concesiones, con desmesura, la pretensión inútil de
calcular el resultado, dado que entendía que lo que estaba
en juego allí era nada menos que la negación de lo educa-
tivo; después de todo -repetía una y otra vez- cuanto más
buscamos producir un efecto (formar ciudadanos críti-
cos, creativos, autoregulados o lo que sea), más nos elude,
porque si hay efecto, se producirá “por añadidura” (otra
expresión que le gustaba mucho repetir), como subpro-
ducto de otra cosa. ¿Qué es esa otra cosa? Enseñar -decía-,
simplemente, enseñar.
El modo en que Estanislao pensaba, escribía, confe-
renciaba y enseñaba era totalmente consistente con estas
ideas. Nunca intentó calcular, adecuar lo que decía o pen-
“Si los destinatarios varían, si hacen otra cosa con los signos que les hemos dado,
tenemos que celebrar. Aun cuando hagan algo que no nos guste. Porque no
somos dueños de lo que las nuevas generaciones van a hacer con los signos. Lo
difícil de soportar es no saber demasiado sobre el destino de lo que se transmite.
Lo escandaloso, como sugerimos, es aceptar que, en cuestiones de educación, el
que manda es siempre el otro”.
Estanislao Antelo
Revista de la Escuela de Ciencias de la Educación - 2026, 1 (21)
saba a la estimación de aquello que, quienes lo leerían o lo
escuchaban, esperaban, necesitaban o demandaban de él.
Eso le valió, equivocadamente, el mote de “provocador”.
Pero él era todo lo contrario. Un “provocador profesio-
nal”, para usar sus propias palabras, es también un calcu-
lador de efectos, una especie de especulador que subordi-
na lo que piensa o dice a las expectativas de su auditorio.
Nada más lejos. Estanislao Antelo pensaba fuera de todo
cálculo y ponía ese pensamiento a disposición. Ni más
ni menos. Si ese pensamiento desmesurado, despropor-
cionado, provocó el nuestro, tocó nuestras más queridas
convicciones, nos hizo mover de lugar o nos incomodó y
nos empujó a pensar algo otra vez o de otro modo, esa no
era su intención. Su intención no era otra que compartir
lo que pensaba, simplemente porque “el pensamiento so-
litario -dice en la editorial del primer número de la revista
La Tía- se aburre, se amarga, se pudre y muere”. Todo lo
demás -si ocurría- vendría por añadidura.
Puesto del otro lado del mostrador, del lado del que
aprende, la desmesura también era su regla. Era desme-
surada la cantidad de libros que descubría, leía y releía
con avidez, lo que lo convertía en un lector inalcanzable;
pero también era ilimitada la variedad de cosas que podía
leer: obviamente, libros de autores, disciplinas y géneros
muy diversos, pero también, películas, canciones, publi-
cidades, refranes, que descifraba como textos teóricos y
usaba como referencias al mismo nivel que las citas bi-
bliográcas. Por supuesto, no deja de tener una cuota de
humor citar a Roberto Carlos junto a Szloterdij, al grupo
Safari junto a Sennet; o usar el slogan de una publicidad
de cerveza junto a Todorov. Pero también muestra “en
acto” eso que se había esforzado tanto en teorizar: que las
operaciones sobre los signos que recibimos, sobre eso que
otros ponen a nuestra disposición son in-anticipables,
in-calculables. La inteligencia descomunal de Estanislao
Antelo, ese pensamiento desmesurado y exhuberante,
era resultado de la libertad con la que leía el mundo, de
su disposición a operar sobre los signos para arrancarles
otros signicados.
Cierro aquí este brevísimo texto que, de más está de-
cir, hubiera preferido no escribir. Lo voy a hacer, como
no podría ser de otro modo, con una armación desme-
surada: Estanislao Antelo es -para mí- el mejor pedagogo
de la Argentina. Lo digo y lo diré siempre en tiempo pre-
sente, porque el presente es el tiempo de su obra y en su
obra estará él siempre presente, con toda su desmesura,
con su hermosa desmesura.
Epílogo
Cuando se estaba elaborando el proyecto de Escuela Se-
cundaria de la UNGS, se solicitó a los y las docentes del
área de Educación de la universidad que hicieran llegar
sus propuestas y sugerencias. Estanislao elaboró como
respuesta, este hermoso decálogo que hasta ahora se
mantuvo inédito.
Mis propuestas son las siguientes:
El primer mal intelectual no es la ignorancia, sino el
desprecio. El desprecio hace al ignorante y no la falta de
ciencia. Y el desprecio no se cura con ninguna ciencia, sino
tomando el partido de su opuesto, la consideración.
J. Rancière
Intentar instalar en el interior de la institución las
siguientes ideas:
1. Una hipótesis de conanza generalizada (es una idea
de Rancière pero también de Sennett y de Cornu, y
vaya a saber de cuántos amigos más que no conozco).
2. Un comunismo de las inteligen-
cias (es una idea de Rancière).
3. Presumir saber y capacidad en los destinatarios.
Identicar al menos un saber experto (puede ser
boxear o memorizar) y describir cómo y dón-
de se aprendió. ¿Qué saben hacer muy bien?
4. Vericar el amor a la democracia escolar (cual-
quiera puede hablar. No se precisan títulos
para hablar) y suspender la pasión desigualitaria.
5. Experimentar el mundo desde el prisma de
la diferencia y no de la identidad. El yo es el
enemigo del amor (es una idea de Badiou).
6. Procurar ligar la lógica del “saber” y el “conocer” con
la del “pensar”. (La idea es de Badiou pero habría
que preguntarle bien a Cerleti). Como dice Ran-
cière “no hay evidencias de que el conocimiento de
una situación implique su resolución” (…) Ya que
estamos podemos cerrar la puerta de la caverna de los
expertos iluminadores y tomadores de conciencia.
7. Recordar que quién dice no puedo, dice
no quiero (Es una idea de Rancière).
8. Invertir la forma de aproximarse a los destinata-
rios que en general consiste en dar (clase, afecto,
conocimiento, esfuerzo, etc.) antes que en pedir.
Tal vez la pregunta no es qué le tengo que dar/
enseñar, sino: “qué tiene usted para darme a mí”.
Funciona bien en las entrevistas con los padres. Si
funca, remplaza las formas clásicas de ayuda que
Estanislao Antelo y el pensamiento pedagógico
están basadas en la dádiva, la entrega y el compro-
miso, por la cooperación que requiere reciprocidad.
9. No separarse de lo que se ama, contra viento y marea.
10. Luchar contra el desprecio en todas sus formas.
ISSN: 2362-3349
Cita sugerida: Diker, G. (2026). Elogio de la
desmesura. Revista de la Escuela de Ciencias de
la Educación, 1(21), 160-162.
Recibido: 26 de noviembre de 2025
Aprobado: 30 de noviembre de 2025
Publicado: 1 de enero de 2026
Facultad de Humanidades y Artes - UNR
Referencias
Antelo, E. (2005). La pedagogía y la época. En M. S. Serra (Coord.), Autoridad, violencia, tradición, y alteridad.
La pedagogía y los imperativos de la época. Novedades educativas.
Revista de la Escuela de Ciencias de la Educación - 2026, 1 (21)