
Revista de la Escuela de Ciencias de la Educación - 2026, 1 (21)
consciencia y al valor de la deliberación y la transparencia
comunicativa. Pero, sobre todo, se peleaba con aquella
plétora de enunciados edicantes, bien intencionados y
moralmente correctos que no llegan a tocarles ni un pelín
a las apoltronadas convicciones que todos tenemos.
En algún momento del intercambio, algún detalle le
permitía a Antelo dar un salto y abandonar la fórmula
original para sustituirla por otra: “Es imposible pasar de
A a B”, decía y tachaba. “Se pasa de A a no-A y recién des-
pués a B; es decir, no se puede pasar de una convicción a
otra convicción, se pasa de una falta de convicción a una
convicción”. Esta idea –que en la clase se materializaba
en ejemplos tomados del fútbol, el amor, la política o los
mandatos relativos al género– la tomaba de un libro de
Ernesto Laclau, Emancipación y diferencia (1996). Y en
la cha de cátedra se sumaba el siguiente fragmento:
Si alguien está perfectamente satisfecho y bien ins-
talado en la descripción A, él no tiene ningún mo-
tivo para pasar a la nueva descripción B. La única
salida de este impasse es si la descripción B no viene
a reemplazar a una descripción A plenamente vi-
gente, sino que provee una descripción a una situa-
ción que ha pasado a ser crecientemente indescrip-
tible en términos de un viejo paradigma. Es decir,
que el único modo en que el proceso de convicción
puede operar es si pasa de la falta de convicción a
la convicción, no si pasa de una convicción a otra.
Eso signica que la función de un nuevo lenguaje
es llenar un vacío (…) Si acordamos que la condi-
ción de una redescripción exitosa es que ella no
sólo reemplace a la anterior sino que ella también
llene el vacío abierto en la descriptibilidad general
de una situación, entonces la redescripción válida
tendrá una identidad dividida: por un lado ella será
su propio contenido; por el otro, ella encarnará el
principio de la descriptibilidad como tal –es decir,
lo que hemos llamado forma general de la plenitud
(Laclau, 1996, p. 170).
Entonces, si estás satisfecho con tu convicción (en la
política, el amor, el fútbol y un largo etcétera), es decir,
si hay un contenido que encarna la forma de la plenitud,
no hay posibilidad de abandonar A y optar por B. Tiene
que pasar algo para que la convicción A no sirva más, para
que se convierta en un paradigma viejo e inoperante, de
modo que se visibilice una falta al interior de la estructura
(Laclau, 1996). ¿Y cómo se pasa de A a no-A? ¿Cómo se
desfondan o desploman las convicciones existentes –esas
que nos tienen tan cómodos o pipones, como habría di-
cho Antelo–, para que se genere el vacío que luego será
colmado por B? Siguiendo una vez más a Laclau, la mera
persuasión no tiene chances de desbarrancar conviccio-
nes. Tiene que suceder algo, al interior de la estructura,
que opere con la fuerza de la externalidad. Porque es
cuando “nuevos elementos entran en el cuadro” que se
advierte que “la vieja regla es incapaz de hegemonizarlos”
(1996, p. 206).
Luego, se sumaría al planteo la noción de “causalidad
retroactiva” tal como la trabajaba Slavoj Žižek (1992): no
podemos anticipar, bajo la lógica de la causalidad lineal o
proactiva, cuáles serán las causas que darán como resulta-
do un cambio de convicción. Es decir, no podemos for-
malizar y prever este movimiento –de A a no-A y luego
a B– con una fórmula del tipo: C1+ C2 + C3 = desfon-
damiento de convicción y espacio para una nueva con-
vicción. Solo retroactivamente podremos reconstruir las
causas que originaron estos desplazamientos.
Quienes estén leyendo estas páginas tal vez se estén
preguntando cómo sé qué sucedía en la primera clase de
la materia que dictaba Antelo. Entre 2006 y 2016 fui su
asistente en la cátedra de Teorías de la Educación en la
Universidad de San Andrés. Recuerdo mis anotaciones
desprolijas, con echas, tachones y mis propias pregun-
tas, aquellas que evitaba formular para no interferir en el
debate de esos jóvenes ingresantes a la carrera de Licen-
ciatura en Ciencias de la Educación.
La clase de Antelo no tenía moraleja. No había unas
convicciones malas para abandonar y otras buenas para
asumir. Tampoco había alguna arenga a favor del cam-
bio. El hombre es la única criatura susceptible de conver-
tirse en imbécil, decía Antelo refraseando a Rousseau, así
que dejar de pensar lo que se piensa podía implicar dejar
de pensar de manera racista o machista, pero también
abandonar la convicción acerca de la importancia de la
justicia social o de la redistribución del ingreso.
En esa primera clase, como en tantas otras, Antelo
ponía a prueba unas ideas que no habían sido pensadas
desde el interior del campo de la Pedagogía y que, en este
caso, arrinconaban a algunos de sus caballitos de batalla
más robustos: la explicación, la persuasión y la delibera-
ción. Y este artilugio hacía que el discurso pedagógico
–con su dedo mandón, su afán de decir lo que hay que
hacer y su fantasía demiúrgica– bajara un poco el copete.
Pero la clase no tenía un afán nihilista ni buscaba produ-
cir impotencia. Me gusta pensar que Antelo profesaba,
y sin proponérselo enseñaba, un rechazo genuino a toda
forma de pleitesía y solemnidad. Con las ideas, los gran-
des nombres y los enunciados grandilocuentes. Ese era
su método, que hoy es su legado.