
La sociedad espera poder, en la universidad, pensar,
debatir, ensayar y construir su futuro. Espera, sobre todo,
que allí se “eduque” la modernidad, aproximando caras
que a veces son confrontadas y aparentemente hostiles,
como el humanismo y la técnica. Si eso ocurre, los costos
pasarán a un segundo plano, ya que la educación, la cien-
cia y la tecnología de calidad siempre serán caras y, aun así,
absolutamente necesarias.
La marca universitaria se desplaza de la imagen arcaica
de un espacio para clases, hacia un espacio de laboratorio,
de producción sistemática, de biblioteca (videoteca, etc.),
de socialización del conocimiento.
2. Es esencial reconocer que la formación de recursos
humanos ya no resulta satisfactoria dentro del esquema
anticuado de “enseñanza/aprendizaje”. El mundo moder-
no no se conforma con seres entrenados, que dominan
habilidades por intermedio de una domesticación repe-
titiva. Exige, por el contrario, la capacidad de aprender a
aprender, de saber pensar, de construir criterios para eva-
luar procesos y calidad. Esta competencia no se puede de-
sarrollar fuera del contexto de la investigación.
Con esto no decimos que todo el mundo sea un in-
vestigador “profesional”, como lo sería un profesor típico,
sino que todos necesitan internalizar la investigación como
una actitud básica y cotidiana, con un relativo énfasis en
su dimensión educativa. Por ejemplo, a un ingeniero, para
ser considerado competente hoy en día, le faltan dos cosas
fundamentales: por un lado, una formación básica en in-
geniería de alta precisión, que domine teoría y aplicación
con solidez en el marco del aprender a aprender; por otro
lado, una capacidad de reciclaje constante que lo manten-
ga en una actitud permanente de cuestionamiento de la
realidad y de sí mismo.
3. Es estratégico depurar el fenómeno llamado univer-
sitario para reconquistar el espacio adecuado de actuación,
marcado por el mérito académico. En lugar de imaginar
universidades distribuidas en categorías discriminatorias y
jerarquizadas (por ejemplo, las que investigan y enseñan, y
las que solo enseñan), debería establecerse una denición
cabal de lo que es una universidad, dentro de un mínimo
de condiciones comunes, destacándose la investigación.
Las instituciones que no encajan en esa denición no son
entidades de un mismo tipo desniveladas: simplemente
no son universidades.
Al mismo tiempo, ya no podemos seguir impulsando
“pan-universidades”, preriendo tendencias de especia-
lización en nombre de la excelencia y la productividad.
Así, lo que dene a una universidad ya no es la cobertura
extensa y universal de carreras, sino el sello distintivo de
la investigación. Tal vez el término “universidad” ya esté
desgastado, porque ha perdido su atractivo cualitativo
a cambio de una mera acumulación cuantitativa. En
cualquier caso, incluso tratándose de una carrera aisla-
da, lo que importa es su capacidad de producción cien-
tíca propia y competente, lo que incluso la habilita
para la docencia.
En ese mismo marco, es fundamental aceptar que
toda institución cientíca productiva tiene la obliga-
ción de socializar el conocimiento, empezando por la
enseñanza. Está claro que ya no se trata de una mera
enseñanza, ni de un mero aprendizaje.
4. Con el tiempo, es necesario comprender que la
función de transmisión del conocimiento no pierde im-
portancia. Solo que se realiza en el lugar adecuado de la
modernidad: electrónicamente. La universidad tiene la
obligación de dominar también este aspecto, pero no a
través de profesores transmisores, sino mediante el for-
talecimiento de la capacidad de investigación acoplada
al manejo electrónico. El profesor es insustituible como
generador de conocimiento, pero como mero transmi-
sor es arcaico.
Gran parte de las clases, en particular las expositivas,
serán reemplazadas por videos, por ejemplo, que permi-
ten una manipulación facilitada, repetible, replicable y
accesible en cualquier momento. El profesor sigue sien-
do una gura esencial para concebir y actualizar cons-
tantemente los videos, pero es un desperdicio —ade-
más de un absurdo— utilizar a un profesor solo para
transmitir ideas ajenas. Por ejemplo, casi todos los cur-
sos requieren estadística. Lo habitual es que haya, para
cada carrera, un “profesor” que, en el fondo, adapta la
estadística al caso especíco de sus respectivos alumnos.
A partir de ahí, se ha vuelto común el vicio de ofrecer
una estadística para pedagogos, otra para sociólogos,
otra para biólogos, etc., todas “rebajadas” al nivel de la
clientela que aprende por obligación y de forma estereo-
tipada. Lo correcto sería ofrecer estadística de calidad,
impartida por alguien con producción propia y actua-
lizada, equipada con una instrumentación electrónica
abundante, competente y siempre renovada que facilite
el acceso. En el fondo, necesitamos solamente un profe-
sor competente, debidamente productivo y respaldado.
5. Es necesario, al menos en cierta medida, “especia-
lizar” las instituciones, no para sectorizar el conocimien-
to, sino para, en un contexto siempre interdisciplinario
y matricial, ocupar un espacio propio y destacarse en él.
Cada universidad debe poder ser identicada y buscada
en función de los méritos que ha construido, dejando
completamente de lado la etiqueta de “una universidad
cualquiera”.
Sin embargo, más que especializar, es fundamental
diseñar la calidad adecuada de lo que se hace. Siempre
Revista de la Escuela de Ciencias de la Educación - 2026, 1(21)